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Microrrelato: La casa, la radio y yo

Una infancia marcada por la radio, la música y las voces que despertaron la  imaginación. Entre tareas del hogar, discusiones evitadas y sueños que nacían en emisoras lejanas, la autora encuentra en los sonidos un refugio y una brújula que la acompaña hasta hoy.

El amor por la radio

Desde niña, la radio fue mi gran compañera. En casa, acceder a la televisión era casi imposible: solo había un aparato en blanco y negro incrustado en un mueble de cedro. Los adultos de mi familia, como buenos caciques, dominaban el uso, el horario y la programación.

Tocar los botones del televisor era casi un sacrilegio. Para una adolescente que buscaba paz y armonía, entrar en discusión con los adultos, con los amigos “metiches” o con los vecinos curiosos que se sumaban a la tertulia nocturna de las novelas no era opción.

Yo prefería escuchar música, programas de radio y radionovelas que alimentaban mi imaginación y la volvían fértil para escribir. Por eso dividía mi tiempo libre entre mis tareas escolares y las del hogar. Entre los 10 y los 12 años, esa rutina me parecía maravillosa. Fantaseaba con tener mi propia casa.

La música como escape

La música se convirtió en un escape dulce y también en una pesadilla, por el gusto de mi mamá y mis hermanos por el vallenato, que sonaba a todo volumen como una imposición que debían compartir también los vecinos.

Cuando escuchaba lo que hoy son baladas clásicas en inglés de los 70 y 80, en emisoras elitistas de mi ciudad, soñaba con pasarelas en París y Milán. Esas canciones hablaban de amores imposibles, de nostalgia y de una nueva era que yo no sabía que estaba tan cerca.

Bajo esa influencia musical, disfrutaba visitar a mis primas en sus trabajos como empleadas domésticas en casas espectaculares. Además de deleitarme con sus platillos salados y dulces dignos de un restaurante, me encantaba recorrer los grandes salones y patios con piscina.

Sueños y decepciones

La música me envolvía y me permitía imaginar el futuro. Visualizar a los dueños de las potentes voces de los locutores era casi celestial; los imaginaba como actores de belleza deslumbrante. Cuando llamaba a las emisoras para pedir mis canciones favoritas, sus voces eran una evocación.

Hasta que un día la realidad me golpeó. Quise conocer a uno de mis locutores preferidos, pero no pude. Una de mis primas, intrigada por mis historias sobre él, lo invitó a una cita a ciegas haciéndose pasar por mí. Al regresar, me dijo sin rodeos: “Olvídalo, es más feo que pegarle a la mamá”.

Hoy, esas mismas melodías me acompañan cuando escribo. Son un puente entre la que fui y la que soy, un lazo afectivo que heredaron mis hijos: el amor por la música y por los sonidos que guardan el alma de nuestras historias.

Acompáñame a recorrer esos primeros sueños que aún resuenan y descubre cómo cada melodía guarda una historia que sigue hablando.

Fotos: pexels

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