El Gato y sus novias: Memoria, identidad y raíces a orillas del río Cali

El gato de Tejada

Las raíces no siempre se hunden en la tierra donde nacemos; a veces, brotan en los lugares donde aprendemos a sentirnos parte de algo. Para muchos, el gato de Hernando Tejada, que observa impasible el fluir del agua, es precisamente eso: una pequeña raíz de bronce que se quedó para siempre en Cali.

En su poema A un gato, Jorge Luis Borges también exaltó la elegancia y el misterio de estos animales: «No son más silenciosos los espejos, ni más furtiva el alba aventurera; eres, bajo la luna, esa pantera».

Un oasis en el corazón del Valle

En el sector oeste del centro histórico de Cali se levanta una obra que transformó por completo el paisaje urbano de la capital del Valle del Cauca, Colombia. El diseño permite que tanto locales como visitantes caminen tranquilamente desde la Calle de la Escopeta hasta la Iglesia de La Ermita, rodeados de vegetación y arrullados por el murmullo constante del río tutelar de la ciudad.

La pieza central fue creada en 1996 por el artista colombiano Hernando Tejada, conocido cariñosamente como «Tejadita». Esta escultura de 3.5 toneladas y 3.5 metros de altura se instaló a orillas de un río emblemático que atraviesa la urbe desde el Alto del Buey, en los Farallones, hasta su desembocadura en el río Cauca.

La historia detrás del monumento

La historia del Parque del Gato del Río comenzó con una idea sencilla: colocar arte donde antes no había nada. No nació como un megaproyecto turístico; surgió de la generosidad de Tejada, quien donó la pieza a la ciudad.

Cuando se instaló el 3 de julio de 1996, el parque actual no existía. Solo estaba el gato grande y sereno, rompiendo con la estética de los monumentos tradicionales. Su presencia cambió el entorno de forma orgánica; la gente empezó a detenerse, a tomar fotos y a reapropiarse de la ribera. Lo que era un espacio común se convirtió en un hito de encuentro.

Para la caleña Elizabeth Hung, el legado de Tejada es invaluable: «Es como tener un museo al aire libre donde la gente sale a caminar o trotar los domingos y festivos. Es un icono turístico absoluto», afirma.

Símbolo y herencia de “Tejadita”

Con el paso de los años, el sitio se consolidó sin necesidad de grandes infraestructuras. El Gato se volvió un símbolo cercano porque no representaba una gesta heroica ni un hecho bélico, sino algo más humano: el arte integrado en la vida cotidiana.

«El gato de Tejada nos identifica en toda Colombia y en el exterior. Si hablas de ellos, sabes que están en Cali». Sin planearlo, la ciudad incorporó el lugar a su lenguaje diario con el ya clásico: «Nos vemos en el parque del Gato».

El Gato y su corte de novias

En 2006, diez años después de su llegada, el felino dejó de estar solo. Aparecieron sus acompañantes: una serie de esculturas creadas por el escultor Alejandro Valencia Tejada -sobrino de Hernando e hijo de la artista Lucy Tejada-.

La iniciativa, impulsada por la Cámara de Comercio de Cali y basada en el concepto del CowParade, buscaba elegir a «la novia» del Gato a través de un concurso. Diversos artistas locales y nacionales intervinieron las figuras, dotando a cada gata de una personalidad única. La participación ciudadana fue masiva, superando en votos a algunas contiendas electorales recientes.

La ganadora fue Fogata, del artista Roberto Molano González. Sin embargo, cuando terminó la exhibición y se intentó retirar las esculturas, la ciudadanía se opuso. Los caleños ya las sentían suyas. Así, el espacio se adaptó permanentemente y hoy la colección supera las 27 gatas.

Entre las más destacadas se encuentran: Fogata: La novia oficial (Roberto Molano). Gachuza: Una gata vigilante con textura de espinas (Ángela Villegas). Coqueta: Obra de la reconocida Maripaz Jaramillo. Bandida: Intervenida por Nadín Ospina y Floresmila COP16: Creada por Henny Rosero Arévalo para la cumbre de biodiversidad de 2024.

Añade Hung. «Vos ves a los niños montándose en las gatas para las fotos y a la gente detallando los colores de cada escultura. Ponerlas allí, entre el tráfico y el sonido del río, le dio vida a este pedacito del oeste. Es fantástico».

Un paisaje que se siente

Hoy, el recorrido de las gatas se integra con el Bulevar del Río.Donde antes imperaba el ruido de los motores, ahora hay un espacio para caminar sin prisa bajo la sombra de los bambúes.

Haber vivido allí me permitió entender que este no es solo un punto en el mapa; es un lugar que se ancla en la memoria. Mirar desde el puente hacia La Ermita y ver el verde intenso mezclado con los colores de las esculturas crea una escena íntima, casi romántica, donde el tiempo parece fluir más despacio.

Este no es un monumento rígido. Es el latir de una urbe que se mueve al ritmo de la salsa y los sabores del lulo, el plátano y la gallina; una mezcla de influencias indígenas, africanas y españolas de las que hablaremos en próximas entregas.

Las raíces no siempre están donde nacemos. A veces, se forman donde aprendemos a ser. Y ese gato que sigue mirando el río es, para muchos de nosotros, la raíz más bella que tiene Cali.

Fotos: Navela Pulido, Oficina de Cultura de Cali.

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