Día Internacional del Migrante: el rostro humano del desarraigo en América Latina

En el Día Internacional del Migrante, tres testimonios de Argentina, Venezuela y Cuba revelan lo que las cifras no muestran: el costo emocional del desarraigo y la fuerza necesaria para empezar de nuevo lejos de casa.
Calor y trabajo duro

Pacífico Villegas, maestro de obra, recuerda el calor antes que cualquier otra cosa. No era solo el clima venezolano. Era la sensación constante de estar fuera de lugar, de trabajar sin descanso, de aprender a sobrevivir lejos de todo lo conocido. Había llegado desde Argentina en 1976, con un oficio en las manos y la convicción de que empezar de nuevo siempre cuesta más de lo que uno imagina.
“Recuerdo que al principio fue muy duro por el calor que hacía y por las comidas que no eran muy buenas. Fueron muchas horas de trabajo y de sobretiempo porque la obra estaba atrasada. Fueron cerca de seis meses así”.
Durante ese tiempo no hubo espacio para la nostalgia. La rutina era simple y exigente: trabajar, dormir y volver a trabajar. Las costumbres quedaron en pausa. Tiempo después, cuando su familia se reunió con él, el mate y las comidas volvieron a ocupar un lugar en la mesa. Para entonces, las arepas ya se habían integrado de manera natural a su vida cotidiana, como una señal silenciosa de que la identidad también se transforma.
“Chile no lo siento como mío; es prestado momentáneamente”

Patricia León Gutiérrez, profesional universitaria, nunca imaginó dejar Venezuela. Su vida estaba allí: su familia, su casa, sus animales, su rutina. Emigrar no fue una elección deseada, sino una consecuencia. La crisis del país, la imposibilidad de garantizar lo más básico para su hija y el llamado afectivo de esa hija, que ya vivía en Chile, terminaron empujándola a una decisión que llegó demasiado rápido.
Cuando obtuvo la visa de reunificación familiar, el tiempo se comprimió. No hubo despedidas largas ni cierre posible. Partió entre lágrimas: por el reencuentro esperado, pero también por el dolor de todo lo que quedaba atrás.
En Chile, el golpe inicial fue la soledad. Se encontró con una sociedad que describe como parca, discreta y asocial. Los departamentos pequeños, tan distintos a las casas venezolanas, reforzaron la sensación de encierro.
Con el tiempo, sin embargo, comenzó a reconstruir vínculos. Aprendió a coser, conoció personas que la acogieron con respeto y se involucró en el rescate de perros del sector. Así, casi sin buscarlo, fue creando redes afectivas que le devolvieron sentido a los días.
Aun así, su pertenencia sigue dividida: “Chile no lo siento como mío; es prestado momentáneamente”.
“No buscar lujo, sino cosas básicas”

Gabriel de la Fuente, Ingeniero en Sistema, salió de Cuba sin una planificación extensa. Su decisión fue tomada “de un día para otro”, cuando se abrió la posibilidad de emigrar a Brasil. Para él, irse fue una “escapatoria”, una urgencia frente a un país donde ya no veía futuro posible.
“El momento en que decidí emigrar de Cuba no fue un arrebato aislado, sino el resultado de un desgaste profundo y prolongado, común a la mayoría de los cubanos”.
En su caso, influyeron principalmente razones políticas y económicas, junto a muchas otras dificultades acumuladas. “Llega un punto en que el cansancio es total: del contexto del país y de la propia vida dentro de él”.
En Brasil, organizó su vida alrededor del trabajo y la disciplina. A diferencia de Cuba -donde afirma que “la gente vive con muchas dificultades”-descubrió la necesidad real del esfuerzo constante. No idealiza el destino ni promete grandes lujos. Sus aspiraciones son simples, pero profundas:
“Tener un carro, aprender a conducir, tener una casa bonita, buena ropa, zapatos, buena comida, cosas dignas. No busco lujo, sino acceso a las cosas básicas que nunca pude tener”.
El costo humano del desarraigo


Amé ese post. Me identifico con esas histórias porque soy migrante. No es fácil el desarraigo pero estar con los tuyos en ese proceso ayuda mucho. Gracias por publicar ese tipo de histórias que emocionan y llegan a lo profundo de nuestro corazón.