Hilos de migración: memoria de una madre costurera de sueños
Un relato sobre cómo el exilio se transforma en oficio y el oficio en identidad. Desde Barranquilla, una madre migrante teje el futuro para sus hijos y deja puntadas que atraviesan generaciones. Una historia de raíces hechas a mano.

Mi madre fue una costurera autodidacta, forjada en la experiencia y en la necesidad. Apenas cursó hasta tercer grado, lo suficiente para descifrar letras y números, pero poseía una inteligencia en las manos que la escuela no le enseñó. Sabía observar con atención y transformar lo cotidiano en belleza útil. En cada prenda dejaba algo de su pulso, de su paciencia y de su amor.
Desarrolló el oficio lejos de su amada Barranquilla, Colombia, cuando la migración la llevó hasta Maracaibo, Venezuela, en busca de trabajo y mejores oportunidades. Allí, entre el bullicio de los mercados y el calor persistente de la costa marabina, descubrió en la costura su salvación laboral.
Le gustaba mirar vitrinas como quien estudia un libro abierto. Trazaba líneas en un cuaderno que le servía como guía y memoria de los modelos que le gustaban para después diseñarlos en la casa. Luego, aquellas ideas se volvieron: blusas, faldas, pantalones, camisas, liquiliqui (traje de gala típico del hombre llanero) y vestidos, entre otros, que acompañaron los momentos más importantes de muchas mujeres, hombres y niños del barrio.

Con la máquina de pedal, marcó el ritmo de las horas del trabajo en el hogar. Tiempo después llegó la cosedora Singer, que se convirtió en el centro de nuestra vida cotidiana. En ella no sólo cosía telas: cosía el sustento de la familia, los cuadernos de la escuela, los zapatos nuevos cuando se podía y los juguetes de navidad. Con ese oficio levantó a sus hijos hasta donde le alcanzaron las fuerzas, puntada tras puntada, sin descanso y sin ruido.
Sus manos eran rápidas, seguras y magicas; capaces de medir sin reglas y corregir sin desbaratar. En ellas vivía la experiencia acumulada de años de trabajo. Fueron su herramienta más fiel, hasta que la artritis comenzó a cerrarlas lentamente como si el tiempo reclamara lo que había dado.
Yo crecí sentada a su lado, viendo nacer prendas de simples retazos. Ella, en silencio, me formaba en el oficio que nunca pude desarrollar. Recuerdo que me regalaba pedazos de tela para jugar. En mi imaginación temprana, inventé una máquina de coser con una caja de cartón y una chancleta como pedal. Con una aguja invisible cosí mis sueños de niña e imitaba a mi vieja. Sin embargo, ella estaba enseñándome algo más profundo: a crear con poco, a resistir con dignidad, a no rendirme.

